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10 Oct 2014

HABLEMOS DE UN EDIFICIO: Museo Guggenheim de Nueva York

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Solomon R. Guggenheim era un magnate coleccionista de obras de arte. En 1937, su amiga, la pintora alemana Hilla Rebay le convenció para crear una fundación para apoyar y difundir el arte “no objetivo” moderno. Guggenheim quería para sus obras de arte un “recipiente” tan revolucionario como lo eran las piezas que contendría. Cuando Frank Lloyd Wright le enseñó el proyecto, Guggenheim le dijo: “Sabía que usted podía hacerlo, pero no tenía ni idea de que podía hacerlo tan bien”

Wright propone una masa imponente como cuerpo principal, curva, que se retuerce girando y creciendo a medida que se sube, como si fuera un que zigurat invertido (“tarugiz”, tal y como se encuentra escrito en el dibujo de sección del proyecto). Su compacidad y la luminosidad del color más abiertos proponen un discurso de contraste con las arquitecturas que lo rodean, oscuras y con una densidad de hueco mayor. Además abre su frente hacia Central Park, un espacio de recibimiento inmejorable.

El interior de este volumen macizo es un gran vacío, en toda la altura del edificio, culmina en un gran lucernario, por el que la enorme espiral parece ascender al cielo. Este gran espacio es el articulador de todo el programa, pues es a través de esta rampa desde donde se organizan las salas y es además el principal recorrido. Éste se propone de arriba hacia abajo, subiendo los visitantes en ascensor hasta la última planta y descendiendo por la rampa inmerso en la colección.

Rampa y lucernario

Para Wright, llevar a cabo este proyecto fue en ocasiones una ardua tarea. De hecho, muchos lo consideran el paradigma del enfrentamiento entre la voluntad artística contra las convenciones de una época. Además, el proyecto se vió envuelto en complejas discusiones entre el arquitecto y el cliente con la ciudad, el mundo artístico y la opinión pública, debido al contraste de sus formas dentro de la retícula de la ciudad de New York. Durante los trabajos de construcción, llegó al director y a los administradores del museo una carta firmada por una larga lista de artistas, en la que exponían que los muros inclinados y la rampa no eran adecuados para una exposición de pintura. Pese a la fuerte crítica Guggenheim quedó entusiasmado con la idea de la espiral ascendente y apoyó el proyecto hasta su fallecimiento en el año 1949.

Este edificio está ampliamente reconocido por su indudable calidad espacial y proyectual en general. Tanto es así, que algunos artistas no lo consideran el mejor sitio para exponer sus obras porque éstas se ven eclipsadas ante el contenedor que las alberga.